“La mayoria de las organizaciones creen que innovar es un problema de tecnología. La realidad es que es un problema de mentalidad, narrativa y decisiones”
Diana López Jefe de comercialización y transferencia tecnológica de Reddi
Durante más de una década, en distintos roles como ingeniera, he tenido una responsabilidad constante en mi trayectoria: movilizar personas. Personas para cumplir metas de negocio, para adoptar nuevas ideas y ahora para convertir desarrollos científicos y tecnológicos en soluciones que lleguen al mercado.
Esa necesidad me llevó a profundizar en el comportamiento humano y a realizar un máster en Neurofelicidad Aplicada. Me movía una gran pregunta : ¿qué activa realmente a las personas?, ¿qué las lleva a comprometerse, a actuar, a cambiar?
En ese momento trabajaba en una agencia de engagement enfocada en el cumplimiento de metas de negocio. Una y otra vez confirmé que, para lograr resultados sostenibles, primero debía entender a quienes quería movilizar.
De esa experiencia académica y profesional surgió una idea: promover estados emocionales positivos para activar cambios químicos y biológicos en el cerebro que nos hicieran más adaptables, creativos y productivos. Al disminuir el cortisol, nuestras funciones ejecutivas operan con mayor claridad. Con esa convicción desarrollé una app enfocada en elevar emociones positivas en entornos de trabajo. Tenía sustento científico, intención y propósito. Pero entonces apareció la pregunta que cambiaría mi forma de entender la innovación:
¿qué problema real resuelve?, ¿para quién es verdaderamente relevante?, ¿por qué alguien estaría dispuesto a adoptarla o pagarla?
Ahí entendí algo esencial: no basta con que una solución funcione. Debe conectar.
Hoy, como jefe de comercialización y transferencia tecnológica, acompañando universidades, startups y corporativos en procesos de innovación, vuelvo a encontrar la misma realidad. Muchas iniciativas no fracasan por falta de conocimiento técnico; fracasan porque no logran conectar con el público al que buscan movilizar.
La tecnología puede desarrollarse, el talento puede contratarse y el capital puede conseguirse. Pero si no sabemos explicar por qué importa, para quién importa y qué impacto genera, la innovación no se adopta y, por lo tanto, no genera impacto.
Liderar innovación implica mucho más que gestionar proyectos. Implica gestionar egos, expectativas y miedos. Implica traducir el lenguaje científico al lenguaje del negocio. Implica construir confianza entre actores que nunca antes habían trabajado juntos.
He visto tecnologías extraordinarias quedarse atrapadas en un pitch técnico por falta de narrativa. Y también he visto soluciones técnicamente simples escalar porque alguien supo articularlas con claridad y propósito.
El verdadero reto del ecosistema no es técnico, es humano. Requiere que el investigador escuche al mercado, que los líderes corporativos reconozcan que la innovación también viene de afuera y comprendan que pilotear implica incertidumbre, que alguien tenga la valentía de asumir riesgos aun sin certezas absolutas.
Mi mayor aprendizaje en este camino no ha sido movilizar conocimiento, sino movilizar mentalidades. Porque liderar innovación, antes que un reto tecnológico, es un acto de liderazgo profundamente humano.
